En nuestra práctica clínica diaria nos consultan familias con peques, adolescentes y adultos para intentar consolidar un ambiente estable y de convivencia afable entre los miembros de la misma.

¿Qué habré hecho mal?, ¿Por qué he tenido tan mala suerte con mis hijos? ¿Quién es el culpable?, ¿Tiene mi hijo/a una enfermedad?…. Entre otras preguntas, estos son los interrogantes más habituales que nos trasladan los padres en consulta.

El llanto, el grito, la oposición (niño que nos contradicen constantemente)… son conductas, que bien contextualizadas, tienen su finalidad en el desarrollo neurológico, social, de supervivencia de cada individuo.

En el contexto de un trastorno conductual los antecedentes son multifactoriales, es decir, hay un contexto familiar, una biología, un contexto social y, en el algunos casos, otro escolar. Los peques traen ya un material genético “impreso”, aprenden por lo que perciben en su entorno….,  pero la pregunta mágica que me formulo es: ¿Comprende lo que pretendemos que entienda? La respuesta es compleja porque hay muchos factores que la integran: capacidad cognitiva de aprendizaje, intereses, momento emocional, apego, personalidad…. Realizar un análisis cualitativo de cada situación es fundamental para poder llegar a elaborar un plan de mejora en la conducta.

Hoy en día hay muchos “consejos generales” que vienen muy bien para comenzar a trazar la ruta del cambio. Os describimos algunos:

Hablad con vuestro hijo de forma positiva  (en vez de decidle: “no cojas este objeto”, ofrezca otra alternativa: “te dejo este otro”)

No exponer a escenas violentas

Ejemplo en el hogar (si decimos que no se bebe de la botella, no hacer nosotros lo mismo. Olvidarse del refrán: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga)

Enséñele otras opciones (ayudarle a pensar y generar alternativas)

No reforcéis las conductas agresivas (todo lo que reforcemos produce un incremento)

Elogiad y aprobad todo aquello que haga bien vuestro hijo/a.

Adoptad medidas y cumplid con lo que se dice (si decimos que una determinada conducta tiene unas consecuencias, esas consecuencias se llevarán a cabo “siempre”)

Intentar ofrecer alternativas más que imponer una sola (por ejemplo si vamos de compras con él/ella intentar que elija entre opciones propuestas anteriormente)

Analizar con él la conducta disruptiva (¿cómo se sintió antes?, ¿qué pasaba por su mente en el momento previo al acto?)

Escúchele atentamente y trate de dar las explicaciones a su edad.

Busque respuestas, conjuntamente con su hijo/a, ante sus preguntas y pídale que las explique él con sus palabras una vez que diga que las comprende.

Podréis ver como ciertos conceptos, como refuerzos (positivos y negativos), castigos (positivos y negativos), van siendo sustituidos por otros como “consecuencias”. El lenguaje es muy importante para el ser humano ya que una de las funciones del mismo es la autorregulación de la conducta.

Muchas personas que “pierden los estribos” fácilmente tienen una autoestima muy inestable. Su hipersensibilidad puede deberse a una imagen débil, maleable, vulnerable de sí mismo. En parte para compensar esta imagen negativa, la “víctima” elabora una imagen negativa de su “atacante”  como perseguidor o conspirador. Esa imagen con la percibimos a los demás nos hará actuar de un modo u otro. Por ejemplo, si lo percibimos como personas criticonas, adoptamos estrategias para protegernos de ellos.

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